semilla

La semilla que tengo enfrente me la regaló Ana Perla, hace mucho tiempo. Es grande y gorda, café, con una línea negra en el medio. Si la hubiera sembrado cuando me la dieron, hace casi dos años, encarnaría un cuerpo diferente. Pero no le he permitido mutar y ahora no es esa cosa diferente, sino una pepa, casi una piedra. 

 

Mi semilla es diferente porque es viajera. Actualmente se hospeda en una caja de aluminio, con unos vecinos que no tienen nada en común con ella: una tarjeta de débito vieja, la envoltura de un chicle desaparecido, un tiquete de metro de una ciudad donde ya no vivo y una moneda de 200 pesos. Me hubiera gustado sembrarla antes de irme para dejarla ahí creciendo, aunque yo no esté para verla hacerlo. Por eso, cada tanto me pregunto si las semillas son perecederas. No la quiero sembrar porque viajar con ella lo hace más ameno. Con un poco de angustia me imagino si será posible que sin ni un día de nacida ya se le pase la fecha, y comience a oler feo.

 

Quizás la semilla por sí sola no es nada más que un intermedio pasajero, un contenedor para todas las promesas que carga por dentro. Una incógnita, me la imagino rellena de la baba blanca del mangostino, como las sábanas pegajosas de un niño. Blandita y suave, muy suave, oscura y sin transparencias.  La cáscara que la contiene opera como útero, un globo de protección frente al mundo externo. Sus futuras raíces están envueltas en esa rebaba resbalosa, pero que para ellas debe ser muy seca y esponjosa.

 

Una semilla es una apuesta o una promesa. Por eso, en realidad no es para nada pegajosa por dentro. Más bien es una cueva a la expectativa, equiparada con una colección de frutos secos. Por eso después de casi año y medio sigue igual a como me la dieron:

 

Mi semilla es liviana y cuenta con una cáscara de poros rellenos. Tiene dos lunares en sus dos dorsos cafés y la línea negra que la atraviesa no alcanza de cerrar la circunferencia. Guardo la certeza de que cuando la empaque en la tierra esa línea va a actuar como una cremallera. Abriendo sus dientes dará el inicio al brotar y por esa apertura el agua va a escabullirse en la cueva y va a humedecer los frutos que lleva por dentro. Las células se van a engrandecer y la semilla va a empezar a comportarse como almeja: sus dos dorsos lucharán con las fuerzas de la tierra que los rodea para darle paso a las gordas raíces que buscan alimento. Hinchada y reventada, la gran raíz abandonará su casa anterior en búsqueda de la promesa azul del cielo. Dejará atrás a tan solo dos conchas sin cremallera. Estas no podrán ser levantadas de la arena, porque estarán enterradas en las profundidades de la tierra. Sus pieles porosas se irán fragmentando y cuando llueva las corrientes subyacentes las terminarán absorbiendo. Ya húmedas y melcochuditas, irán llegando las bacterias, que las volverán fermento. 

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