m e r c e d e s

 

Mercedes no saluda, no le gusta hacer eso. Todo el acto de inclinarse y juntar los labios para hacer el sonido del beso es como para las tarimas del teatro y eso. Además someterse a eso es aguantarse el perfume mareante del cuello ajeno. Pero es peor cuando le dan la mano, porque los hombres no se lavan las manos. Qué terror imaginarse por donde han pasado esas manos pegajosas que tratan monedas, billetes tierra, acero, aceite, babas, pieles; que conocen el subsuelo. Las mujeres nunca se dan la mano, al menos no así entre mujeres. Pero los hombres sí, pensando que están siendo cordiales y buena gente. Recién afeitados con una cuchilla sucia y llena de pelos, y el pelo engominado y lleno de grasa porque nunca se echan el champú y piensan que así ya hicieron su máximo esfuerzo. Pero ante todo nunca se lavan las manos, piensa. Su hermano no se lava las manos, al menos. Cada vez que va a su casa y usa su baño, por pura coincidencia “ay es que se me acabó el jabón esta semana, qué pena” y pura mierda. Jerónimo simplemente no se lava las manos, le queda grande, le es ajeno. Y así son todos: una seba. Y entonces se echan su colonia de trescientos mil pesos, se llenan el pelo de laca para parecer lamidos por una vaca, y se ponen su camisa blanca, bien planchada pero nunca por ellos y salen al mundo a repartir besos. Qué asco, piensa ella, mientras se le acerca el tercero y se echa para atrás un poco porque ya, suficiente, qué sofoco, qué intensos. 

 

 

Cuando era pequeña no había nada que enfureciera más a su mamá: qué grosera eres, Mercedes, aprende a saludar, nos haces quedar muy mal con tu papá. Pero qué mentirosa era su madre, si ella odiaba toda suciedad. Mercedes solo quería evitar quedar pegajosa y luego tener que escabullirse por las escaleras para encerrarse en el baño y lavarse la cara de nuevo. Y ahora que es grande, imposible, porque se tendría que llenar de polvos y brillos de nuevo y ay qué pérdida de tiempo. Y ahorita le va a tocar inventarse algo así de nuevo o simplemente aguantarse la mugre en el cachete porque si no Gabriela le dice, ay Mercedes, no te pongas así, para de ser tan antipática y grosera. 

 

Pero es que Gabriela no entiende. Es que cómo va a entender, si a veces Gabriela ni se baña, o cuando lo hace usa sus toallas y por eso se pelean todo el tiempo. Gabriela usa la máquina para lavar los platos que deja a los vasos oliendo a huevo y que cuando se peina nunca recoge los pelos, pero le encanta venir a estos eventos y hacerse la más lustrada y resplandeciente. Se pone sus vestidos de tule, como el de esta noche, que es azúl, y se la pasa comiendo y lamiéndose los dedos. Se ríe con grandes carcajadas y le encanta interrumpir con la boca llena. Y se salva de atragantarse porque agarra la copa y se la trae a la boca y glup glup glup, y así, sin frenos, habla y habla, y ay qué fastidio porque no dice nada. Al menos así se siente, aunque quizás sí está diciendo, pero es que ahora solo veo como se caen las moronas a sus piernas, que obviamente no tienen servilleta y los huecos del tule absorben las migajas del pan o galleta o lo que sea con lo que que se esté atorando adentro.  

 

 

Y no, ya me empezó a dar pena, cómo así que esta es mi compañera eterna. Y le entra ese mareo, que se intensifica con cada mirada que se cruza con ella. ¿Qué hago aquí? ¿por qué sigo en estas? Y no, lo que faltaba, se le regó el vino, que es tinto, obviamente. Qué ganas de volver todo mierda. Y rellena con tantos ay qué pena y todos le dan servilletas y el reguero solo se expande porque ya no es solo el mantel, sino también entre tres y cuatro servilletas. 

Mercedes pierde la paciencia, como la pierde siempre y se lanza un comentario hiriente: ay Gabrielita, qué torta, salir contigo es como salir con un bebé de cuatro meses. Y toda la mesa se ríe, porque es cierto. Y ya no se ríen con Gabriela, sino de ella, pero no vale la pena sentir ni pesar ni pena porque tiene claro que en el carro, cuando se estén devolviendo, le va a pedir en anillo devuelta. 

 

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