Me mataron de nuevo

Me mataron de nuevo, esta vez un grupo militar extranjero ha invadido el país y a todos nos tocó escondernos. Yo corro al segundo piso y me meto debajo de la cama, afuera se escuchan las botas al unísono y los altavoces ordenan que salgamos. Ruego que toda mi familia este escondida, pero un patadón abre la puerta y mi cuerpo es jalado, la bota sucia arremete con fuerza para plantarse sobre mi cara. Se me corta la respiración, abro los ojos y oscuridad total.


La noche anterior alguien también me quería matar, esta vez alguien toco el timbre de la casa donde me encontraba, fui a recibirlo, y ante mí se aparece un hombre con apariencia de vagabundo. Le preguntó que hace ahí y su respuesta es tirarme una manotada de agujas dentro de mi boca, él se escapa y yo corro dentro de la casa. No le puedo explicar a nadie lo que me acaba de suceder, las agujas están por todo lado y se insertan dentro de cada pliegue de la boca, al abrirla todos gritan al ver la monstruosidad de metal que rebosa de sangre. Se me corta la respiración, abro los ojos y oscuridad total.


Algunas noches, me tardo más segundos en asimilar que sigo viva, en algunas otras creo haber sentido el dolor de mi fatalidad. Pero casi siempre, las noches concluyen con mi muerte. O bueno eso creo, pues siempre es más fácil recordar lo trágico que lo agradable.


Aun así, encuentro cierto placer en estas fantasías, me siento protegida y con más oportunidad de vivir. Pero cuando la fantasía sucede más cerca del plano terrenal, el miedo me avergüenza, prendó la luz, llamó a mi papá y nos ponemos a rezar.


La primera vez que me sucedió algo tan real, es cuando me encontraba con mi mejor amigo en un cuarto, él solo se arremete hacía mí y empieza a asfixiarme mientras su cara se enrojece. Solo pude despertarme cuando ya no tenía aire suficiente y mi cuerpo luchó por volver a respirar. Me encontraba sola en la cama
tratando de no llorar.


Las siguientes veces, no eran figuras conocidas, pero ya no las veía en mi mente, si no estaban ahí paradas al lado de mi cama. Me observaban fijamente, mientras yo estaba inmóvil, con la recurrencia de la situación el pavor se desaparecía y solo quedaba la incomodidad. La figura que tengo más presente es una viejita que se asemejaba a la bruja mala de blancanieves, detrás de ella había un hombre pero con forma más difusa, estiraba su mano decrépita en forma de invitación para
llevarme con ella. Yo envalentonada, acostumbrada a estas visitas, estiró mi mano, pero la jaló con fuerza para atraerla hacía mí, al intentarlo su presencia se desvanece. Después de esto no volvió a visitarme.


Hubo un periodo de noches tranquilas, de sueños cómodos que se olvidan al abrir los ojos en la mañana siguiente. Pero una noche llegó mi encuentro más aterrador. Estaba plácida descansando después de un día largo, alguien abre la puerta y lo reconozco por su olor, mi papá había llegado de sorpresa, lo raro es que no me saluda, se sienta en el borde de la cama y siento como su peso hunde el colchón, se acerca a mí y con sus dos manos gigantes y pesadas intenta ahorcarme. Entre ahogos le ruego que no lo haga, y después de unos segundos su figura se disipa como polvo encima de mí. Cuando me puedo mover, corro a prender la luz y llamó a mi papá, otra vez a las dos de la madrugada se dispone a orar a través del celular, pidiéndole al más allá que me permita descansar en paz.


Alejandra Jaramillo,
Al levantarse de una pesadilla.

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