Ayer vi la luz después de 23 años de estar guardado en un viejo y desgastado cajón. Me siento como nuevo. Mis componentes, que pertenecen a una tecnología ancestral, están intactos. No sufro de esa nueva enfermedad de la que padecen mis nietos: obsolescencia programada. Tampoco se me queman las tarjetas y los chips. No tengo. No sé si es una ventaja o una desventaja ser análogo. Vivir tanto tiempo puede convertirse en un problema.
Sin embargo, hoy es un nuevo día y me siento como recién salido del empaque. Mi cuerpo no tiene ninguna fractura, golpe o rasguño de consideración. Mi gran ventaja es que nunca he ocupado gran espacio. Quepo en una mano, en un bolsillo, en una cartera. Paso desapercibido sin ningún problema. Lo contrario le ocurrió a mis padres, a mis primos y a mis tías, pues aunque seguían sirviendo, fueron desplazados por la era digital.
En mis años mozos fui el protagonista del año nuevo, de las madrugadas y de largos viajes. He sido el compañero ideal de los solitarios. He amenizado grandes fiestas y pequeños encuentros. Y no se lo van a creer, todo a partir de dos sencillos botones y una pequeña varillita extensible en mi cabeza.
Cuando el mundo se apaga, todos acuden a mí. Me buscan sin dudarlo. Mi gran defecto y mi gran cualidad siempre ha sido que hablo mucho. No paro. No puedo hacerlo. Es mi naturaleza. Voy a confesarlo, soy: políglota, melómano, farandulero, metido, intelectual, profeta, chismoso y opinador profesional. A veces hasta paño de lágrimas, consejero y adivinador.
Aunque muchos me han querido enviar al museo, no paso de moda. Mi cualidad de funcionar con o sin electricidad me hacen un verdadero sobreviviente. Las cucarachas y yo resistiremos al final del mundo.
